Archivos mensuales: abril 2010

EL OTRO: EL EXTRANJERO LA CONSTRUCCION DE LA IDENTIDAD MIGRANTE

JOSE MIGUEL RODRIGUEZ DORANTES·

RED JOPI

Este texto analiza el proceso de construcción de la identidad “migrante” como mecanismo de identificación de un colectivo con respecto a otro. Partiendo de la intersubjetividad como fenómeno psicosocial el tema de estudio enmarca una serie de factores tales como la carga simbólica asociada con las representaciones sociales, la significación conferida a los símbolos, lugares y espacios, el lenguaje, la condición sociocultural, etc.

De tal forma que intenta dar un panorama general acerca de la comprensión del fenómeno que actualmente estamos viviendo en España de la Inmigración, y que con toda seguridad supondrá no sólo un estudio riguroso del tema sino un entendimiento por parte de todos los individuos que conformamos esta sociedad en esta cada vez más cercana multiculturalidad que ya estamos experimentando día a día en todos los niveles.

¿Quién es el otro?, es una buena interrogante para introducir este trabajo pensando en la perspectiva cuyo interés está vinculado al estudio de la Migración; considero esencial analizar de manera particular al sujeto cuya acción define el objeto a considerar. Me refiero: al Migrante, quien juega un rol primordial en la construcción subjetiva del “otro”, ese otro que como anatema queda circunscrito a su condición, a su mirada y a su diferencia.

Considero esto, un aspecto medular (punto del que parto) en el análisis de la conformación de las Identidades Territoriales; ya sea éstas imaginadas o constituidas.

El otro: el extranjero; o bien,

El otro: el autóctono .

Construyen su mirada y sus representaciones en torno a una imagen… imagen que le es próxima y distante a la vez. Ese otro que mira y es mirado, como en un espejo, le refleja su diferencia y su identidad. “Por tanto, la cuestión ¿quién es el otro?, constituye el fondo del debate antropológico, los otros, aquellos a los que el antropólogo va a estudiar, constituyen una parte implicada en ese debate. Al preguntarles inicialmente a los otros acerca de lo que constituía su diferencia, un cierto número de individuos (un cierto número entre nosotros) se encontró preguntándoles más o menos por lo que constituía su identidad”. (Augé, 1996).

El argumento principal de este texto busca tomando en cuenta estos planteamientos analizar como la dimensión intersubjetiva se pone de manifiesto y se articula con todo un bagage de representaciones simbólicas y colectivas que en el caso del migrante son depositadas y ejercen una función no sólo de estereotipia sino también de significación[1]. Y que en nuestro contexto actual, llevan a cuestionarnos sobre las identidades no solo territoriales, sino también nacionales, transnacionales y globales.

¿QUE ES SER MIGRANTE?

Existen muchas maneras de abordar el tema de la inmigración actualmente. Y no sólo porque sea una realidad palpable en muchas de nuestras sociedades contemporáneas; sino porque hablar del tema sugiere, hablar de la forma propia de concebirnos a “nosotros” mismos con respecto a “otros”.

Argumento principal, en el planteamiento de esta investigación cuyas directrices están dirigidas al estudio de la “Construcción de la Identidad Migrante” como fenómeno intersubjetivo que condiciona y estructura no sólo la forma de percepción dentro de una sociedad en particular sino también de simbolización de la realidad concreta.

Diversos autores (Alaoui 1991, Arnal 1999, Azurmendi 2002, Cornelius 1994, Eddine 2001, Olmo 2003, Selim 1986, Suárez Navaz 2000, Veredas 1999, Withol de Wenden 1988,) han desarrollado investigación concerniente a la identidad migrante, tratando de estudiar varios aspectos de su construcción e interacción dentro de los marcos contextuales referentes al país o sociedad de acogida.

La mayoría de estos investigadores coinciden en que esta “identidad” va a estar marcada por una serie de factores que están íntimamente relacionados con su construcción simbólica por parte de los actores involucrados en este fenómeno; que por un lado, son los propios migrantes, y por el otro, son los autóctonos[2].

No intentaré problematizar (al menos no es el tema de este trabajo) acerca de la identidad, ni mucho menos me detendré en rescatar definiciones por demás tratadas y conocidas por el público. Sin embargo, desde una óptica enraizada en el construccionismo simbólico[3], plantearé como la(s) identidad(es) es(son) construidas en función de “representaciones” en la forma de esquemas perceptuales; cuyos marcos o plantillas definen al objeto en cuestión.

En relación a esto, me pregunto ¿qué es ser migrante?; sí, al nombrar esta categoría ya le estoy otorgando una identidad. Identidad que no es más que una construcción, lo cual se manifiesta de una forma “relativamente estable en un continuo proceso de actividad social” (Calhoun, 1991); cuyo objetivo es dar reconocimiento y sentido a quienes define. El migrante se convierte así, en un actor social[4] de primera línea quien en nuestras sociedades postindustriales y globalizadoras encarna a las “nuevas” masas de individuos marginados, desclasados y explotados, cuya “utilidad” para el sistema resulta por demás rentable. Al margen de esto, el “migrante” constituye una fuente importante de “emergencia de identidades”, en cuya acción social busca su reconocimiento para entrar en el sistema y defender sus intereses. De tal manera que dicho reconocimiento es posible a través de la identidad, es decir, percibiendo al otro comprobando su identidad y distinguiéndolo de los demás. Así, cuando se forma la identidad colectiva (migrante en este caso) el último fin que persigue la acción es la disposición para entrar en un sistema o conservar su reconocimiento en el sistema. (Olmo, 2003).

En síntesis, ser migrante significa ser reconocido por el otro en todas sus dimensiones, particularidades y diferencias. Estar posicionado en un lugar, espacio y contexto. Ser reconocido en su origen y en su devenir. He aquí un ejemplo:

- “¿Qué significa ser migrante? Venir desde muy lejos con una esperanza y un ideal que muchas veces no se consiguen, significa renunciar a muchos sueños, significa vivir soledad, vivir que te puedo decir, vivir…que te bajoteén muchas veces, que te priven de tu dignidad muchas veces, que te engañen que te exploten, eso es lo que mas vivimos. Pero también significa, a veces pagar nuestras deudas, salir adelante sacar adelante a nuestras familias, significa realizarse, o conocerse (…)” (Gpo2, M, 54 a)[5]

De esta forma, a través de la propia vivencia personal y colectiva de los actores sociales (migrantes), es posible rescatar ese “ser” entre/dicho; es decir, en la palabra, en su discurso. En esa fuente privilegiada de símbolos y significados qué es el lenguaje y que construyen o deconstruyen la realidad. Por eso, aludir, a la “construcción de identidades” merece no sólo un análisis minucioso sino un estudio abierto, innovador que privilegie los datos concretos, objetivos y fehacientes desde los orígenes de su producción.

LA IDENTIDAD MIGRANTE Y SU CONSTRUCCIÓN.

Indudablemente, el construccionismo simbólico, ofrece la posibilidad de analizar el objeto de estudio, desde una perspectiva que permite abordar una teoría que integra el carácter individual de la construcción simbólica en términos de subjetivación del fenómeno; con el carácter colectivo que orienta hacia la acción y la transformación en términos “fácticos”. Es decir, la construcción de la realidad social, comienza a partir de la construcción que de ella se hace, a nivel individual. A partir de los marcos de referencia perceptuales[6] que dejan su “huella” en los sentidos, y la codificación en términos de procesos cognitivos que realiza la integración de esa información, en un “todo”, coherente y que da forma. Esa gestalt ordena lógicamente las secuencias y las interacciones de aquello que llamados “mundo”. Y que a través, del elemento “simbólico” compartimos con el resto. A través y primordialmente del lenguaje[7]; ese cúmulo de signos que dan significado y significan nuestro entorno, dando al fenómeno su carácter colectivo; ya que como código, el lenguaje es compartido por uno y por todos.

Por ejemplo, los individuos que migran ven transformarse sus relaciones sociales y comunitarias en sus países de origen, experimentando a su llegada a la sociedad receptora cambios socio-culturales del espacio social importantes, lo que condiciona el “nuevo” marco con el cual definirán y ordenaran la realidad.

- “Yo como migrante he venido con un objetivo de seguir adelante y de que ya venía consciente de que tenía que hacer mucho esfuerzo porque es un país desconocido y decía bueno a lo que venga y lo importante es que sea un trabajo honrado y tengo que trabajar y esforzarme mucho más de lo que tengo que trabajar en mi país porque es un país desconocido porque no sé su cultura no sé cómo son; igual de encontrarme con diferentes tipos de personas y como tal tendré que pues acogerme con ellos para… como se dice, para saber convivir con todo tipo de personas, yo he venido consciente de todo lo que estoy pasando, y…pero también hay que ver que la persona que quiere ganar mucho tiene que trabajar, yo hago mucho, yo no descanso los sábados ni los domingos pero con un objetivo tengo que hacer algo por mi familia, !yo no me voy a quedar acá así como estoy! tendré que trabajar duro para realizar nuestros sueños, pero para todo migrante es así…” (Gpo 3, M, 47 a).

Evidentemente, esto refleja como el migrante se va constituyendo e invistiendo de una identidad que le es propia, a su condición; y que, a suerte de su “origen” lo relaciona con otros individuos (aunque procedentes de otros orígenes) que presentan su misma situación[8]. Sin embargo, dentro de este contexto también podemos observar un fenómeno que, como lo señalamos en un principio puede estar indicando la aparición de un nuevo fenómeno ligado al tema de la identidad tradicionalmente concebido. Me refiero al tema de las identidades transnacionales; con lo cual, la “migración transnacional” se convierte en un proceso que se autorefuerza y que, cada vez es más independiente de la condición que originalmente la causó (Massey et al, 1994).

-”…migrante es, el hecho de estar en un determinando lugar, ser origen, ser de un origen determinado.Y buscar otra vía, otra opción en otro punto equis que puede ser España, Estados Unidos o cualquier otro lugar de Latinoamérica también”(Gpo 2, M, 35 a)

Siguiendo con nuestro planteamiento, ¿de qué forma la construcción de la “identidad migrante” es asimilada?, o mejor dicho, como es vivida la “nueva” condición de un sujeto o colectivo habituado a otras pautas y/o normas tanto de comportamiento como socio-culturales. Considero que éste argumento resulta capital en este apartado por el hecho de contener implícitamente los elementos y detalles del cómo, se construye esta identidad. Citaré un ejemplo que ilustra el campo simbólico germen de la construcción.

-”Desde que llegué hasta este momento a veces me he enfrentado con muchas cosas, en el sentido de que ser migrante, y sin papeles; me ha quitado muchas oportunidades, por ejemplo hay una gama hermosa de oportunidades que no he podido aprovechar porque por no tener la tarjetita no he podido entrar a cursos, por ejemplo trabajar en lo que yo sé” (Gpo2, M, 37 a)

De alguna u otra forma, estos casos ponen en evidencia los cambios y transformaciones que se dan a nivel particular en los sujetos y sus distintos referentes socioculturales, al interaccionar con la sociedad de acogida; dando como resultado una “nueva” restructuración del marco referencial que implica una nueva forma de concebirse y recrearse. Es decir, una nueva forma de identificarse, de “construirse” una identidad.

LA INTERSUBJETIVIDAD: EL “OTRO” Y EL “NOSOTROS”.

Hablar de la intersubjetividad requiere al menos hablar. Y es que la constitución misma del sujeto pasa, atraviesa (es atravesado) por el lenguaje. Algunos filósofos entre los que se encuentran Habermas (1973) sostienen que “es solo en la medida en que éste reconocimiento se da, que la autoconciencia se hace posible, permitiendo la comunicación, la interacción por medio del lenguaje, o sea, la constitución del sujeto del discurso”.

Dicho esto, hablar del otro es hablar de nosotros mismos; ya que el otro está íntimamente relacionado con lo que somos[9]. Como sujetos del habla, del signo lingüístico, nos constituimos por el lenguaje “visto como producto social, cultural, como juego de lenguaje. El sujeto es exactamente aquel que participa de los juegos de lenguaje, que actúa en el contexto de estos juegos” (Marcondes de Souza, 1997). Y que en consecuencia es jugado o se juega[10], poniéndose en entredicho. Al respecto, ya Lacan (1971) señala que la “asunción por el sujeto de su historia, en cuanto que está constituida por la palabra dirigida al otro”, constituye el fondo del psicoanálisis y su método; siendo a través de la palabra “en cuanto que confiere a las funciones del individuo un sentido; su dominio es el del discurso concreto en cuanto campo de la realidad transindividual del sujeto” (Lacan, 1971).

Esta “realidad” no es más que la intersubjetividad. En donde, el sujeto adquiere una posición que a través de la “continuidad intersubjetiva del discurso” le permite constituir y construir su (propia) historia.

En la construcción de las identidades el otro juega un papel preponderante; sobre todo cuando es definido como diferente a una condición o status determinado. Es decir, el otro es percibido como no semejante, por lo tanto no incluido en el conjunto de las atribuciones y características que definen al conjunto al que se pertenece.

De tal forma que, “los migrantes, al ser percibidos a través de un discurso que subraya en forma extrema y artificial su alteridad, son definidos únicamente a partir de su diferencia cultural”. (Téllez Girón López, 2002). Un ejemplo de esto lo constituye el siguiente pasaje que ilustra Grimson (2000):

“¿Qué ocurre cuando dos personas o grupos que producen códigos distintos se encuentran e interactúan?, ¿Ponen algo en común, comparten signos, se comunican?. En esa escena intercultural, generalmente algunos significantes de cada persona o de cada grupo resaltan como especialmente diferentes del otro”

Esto resulta especialmente significativo cuando nos planteamos de qué forma se da o resulta la construcción de una identidad migrante, y más aún si esto es posible, debido a la tremenda diversidad que queda aglutinada en un solo concepto. O tendríamos acaso que hablar de una identidad particular en función del origen lingüístico del habla del sujeto, además del étnico, cultural, etc.

Sin embargo, hoy día resulta apremiante entender cómo se van desarrollando estos procesos de construcción de identidades debido a las tendencias que los flujos migratorios están marcando en la faz de la tierra. En donde, es pertinente empezar a hablar (y crear espacios) multiculturales que faciliten la integración de los individuos y colectivos.

Sin lugar a dudas, la comunicación vehiculizada a través del lenguaje no es el único signo palpable mediante el cual la “identidad” se construye (es construida). Por ejemplo, desde la perspectiva de la escuela sociológica francesa, “el estudio de las afiliaciones identitarias y sus significados remite a la problemática de las condiciones histórico-culturales en las que se definen las categorías de alteridad” (Grimson, 2000). Es decir, existe una relación directa entre el origen de los grupos humanos con un origen social determinado, a través de marcos referenciales de identificación como pueden ser la nación, región, pueblo, etc. En este sentido, “las personas y los grupos se identifican de ciertas maneras o de otras en contextos históricos específicos y en el marco de relaciones sociales localizadas” (Grimson, 2000).

-” Yo considero que el migrante es aquella persona que ha dejado su patria por muchos motivos sociales, económicos tratando siempre de ver que el país donde nos vayan a poner en este caso España con la suerte que tenemos, es que no tenemos que aprender el idioma, sino que aprender costumbres, aunque claro que Bolivia tiene casi las mismas cosas que los españoles”.(Gpo 2, M, 46 a).

De esta manera, ubicamos como un elemento indiscutible de análisis de todo proceso de identificación, el carácter relacional que se establece: al mismo tiempo que se establece un “nosotros” se define un “otros”. Así, nociones como nación, clase, raza, género, etc., pueden “constituir en diferentes contextos de interacción parámetros perceptivos que definen relaciones sociales entre nosotros y los otros” (Grimson, 2000).

Estos últimos argumentos, me parecen fundamentales sobre todo al tratar de comprender como el migrante/otro es visto por el autóctono/nosotros, cuyo parámetro perceptual es concebido bajo la estela de la “normalidad” y de lo que tiene que ser en un contexto de interacción determinado (nación, país, comunidad, vecindario, etc). Ante estos hechos, no nos parece extraño que surjan fenómenos psicosociales del lado de los prejuicios, estereotipos y estigmas; que determinan no sólo la forma de interacción sino el posicionamiento individual, grupal y colectivo condicionando las relaciones incluso a extremos en donde la radicalización de ambas posturas lleve a brotes de violencia[11] y destrucción. Actualmente estamos ante la oportunidad histórica que supone el intercambio socio e intercultural que implican los procesos de globalización del mundo. Esto supone, establecer una mirada distinta del otro. Recordemos que “la diversidad de identidades se hace más fuerte cuando la alteridad se reduce”. Es decir, “los grupos tienden a fragmentarse al interior porque necesitan contrastarse”. Sin embargo, la “identidad, más que un ser, es un estar siendo; no es una cosa dada, algo acabado, con lo que cargamos a lo largo de la vida, sino una serie de referentes que utilizamos para presentarnos ante los demás” (Percaz Tour-Pome, 2004). Y por ello, cuando reconocemos e integramos al otro, al diferente; nos reconocemos e integramos a nosotros mismos. Este es el sentido de la alteridad, por paradójico que parezca.

-”…ser inmigrante significa ser audaz, ser audaz porque venir de una cultura diferente y adaptarte a otra cultura cuesta trabajo, especialmente para nosotros que venimos de una cultura colectivista, un poco desvalorizada y venimos a un país más desarrollado, pues cuesta integrarte. Y a veces como que una no recibe lo que espera; es decir, yo me desvaloro y recibo esa desvalorización. Pero a la vez uno admira con el paso del tiempo, de que lo central son las personas audaces que son las personas que dan un paso sin saber a dónde vas pero, que; sin embargo sólo con el afán de perseguir un ideal uno gana (…).


· Licenciado y Maestro en Psicología Profesional por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM); Actualmente doctorando en el Programa de Estudios Iberoamericanos: Realidad Política y Social. Facultad de Ciencias Políticas y Sociología. Universidad Complutense de Madrid. Presidente de la Red de Jóvenes Profesionales Iberoamericanos (RED JOPI).

Contacto: hermetri3@hotmail.com

[1] Significación que en algunos casos es introyectada como cosificación. “Aquello que no soy… es por lo tanto un residuo”. Es decir, aquello que esta fuera de mí, pero que irónicamente hace de límite y de corte, a mi pertenencia.

“Distingo lo que soy, porque relaciono lo que no soy”. Y aún así, se sostiene la pregunta ¿Quién soy yo?… sobre todo cuando nos miramos en el espejo.

[2] Me refiero a los individuos que pertenecen al país de acogida, y que identitariamente se “autodefinen” como distintos a los “otros”; es decir, a los extranjeros.

[3] Principalmente desarrollada por George Herbert Mead y Herbert Blumer, sostiene la importancia del fluido(fluid) y los procesos de la dinámica social, en vez de fijarse en las estructuras sociales estáticas.

Enfatizando el papel activo y creativo de los individuos en definir simbólicamente su mundo y seleccionar los cursos de acción en éste.

Parte de los siguientes supuestos: a)Los actos de las personas van dirigidas hacia objetos en función del significado que los objetos tienen para ellos; b) qué significados van surgiendo en la interacción social, y c) qué significados son creados, sustraídos y transformados a través de los procesos de interpretación.

[4] Se define al actor social como la fuente central de la acción y cuya construcción se desarrolla en una situación de peligro o de desafío. Es decir, a través de la acción emerge una identidad.

[5] Se recoge el grupo de estudio, género y edad. En este caso sería el grupo 2 del estudio, mujer y 54 años de edad.

[6] Que dentro del estudio sociológico contemporáneo son conocidos como: “Frame analisys”, o el análisis de los marcos de percepción; que según autores como Goffman se relacionan al “estudio de los marco de percepción o de experiencia”, y que designa “aquello que permite a los individuos localizar, percibir, identificar, clasificar los acontecimientos de su entorno, y de su vivencia del mundo”.

Por su parte, otros autores de la talla de Show, Benford y Gramson han desarrollado este modelo teórico teniendo por objetivo identificar los repertorios de los marcos de percepción. Siendo estos repertorios utilizados para la construcción de la legitimidad de “una causa” y sometidos a continuos arreglos y cambios de orientación.

[7] Algunos autores, consideran la creación simbólica y la interpretación del significado como control en la vida humana. Consideran también que estos “procesos” pueden verse mejor como procesos de comunicación, que pueden conferir significado en el contexto (ambiente) y en el interior de los grupos.

Dando así solidez y sustento argumentativo a la dimensión lingüística, que como hemos expuesto es fuente privilegiada de significado y simbolismo.

[8] Aunque no en todo los casos se establece una identidad “compartida”, por así decirlo; sino que se establecen diferencias aunque se comparta la categoría “migrante”, que en muchos casos se ve reforzada a través de estereotipos reflejados por la sociedad de acogida (ver Arnal Sarasa, 1999). Sin embargo, en la generalidad sí llegan a establecerse las condiciones para una “identidad” común independientemente del país de origen del migrante. Constituyendo, una “identidad global”, concepto que ya se ha planteado y que se empieza a utilizar en el caso de las migraciones.

[9] Y con nuestro deseo…es decir, el deseo del sujeto encuentra su sentido en el deseo del otro, no tanto por qué el otro detente el saber del objeto de deseo, sino porque su primer objeto es ser reconocido por el otro.

[10] Jacques Lacan introduce varias alusiones a lo largo de su obra con respecto al sujeto que se juega en una posición subjetiva; en el sentido de apuesta. Un ejemplo de ello, lo hayamos en el seminario “función y campo de la palabra” al referirse a un juego tradicional francés conocido como “juego de la sortija” que consiste en hacer correr una sortija a lo largo de una cinta que los jugadores en círculo sostienen entre sus manos de tal manera que sea difícil adivinar en que mano ha quedado la sortija.

[11] Por ejemplo el asesinato de un chico en el barrio de Villaverde en Madrid (mayo 2005), que suscitó actos de violencia y racismo hacia los migrantes (principalmente hacia el colectivo latinoamericano), y los disturbios protagonizados a principios del año 2007 en Alcorcón.